BUSCANDO NUESTRAS RAÍCES

Prof. José N. Varas Ponce.

NUESTRA CULTURA TAMBIÉN ES MESTIZA

Paralelamente al mestizaje de sangre, ocurrido entre indios, blancos y negros, que dio lugar a una población realmente venezolana, también se produjo un mestizaje cultural, con los aportes de estas tres culturas. Los juguetes, los juegos, los cuentos, las tradiciones y leyendas son expresiones de ese mestizaje. A continuación, podemos leer la descripción de algunas de esas expresiones:

JUGUETES TRADICIONALES

Actualmente el avance de la civilización ha provocado la desaparición de los juguetes tradicionales o, en el mejor de los casos, han pasado al olvido o la marginación. Los juguetes tradicionales de fabricación casera o artesanal ha sido desechada por los juegos electrónicos o por los atractivos diseños industrializados. En gran parte, esto es consecuencia de la globalización de las economías nacionales que han esparcido por todo el planeta novedosos y atractivos juguetes.

El caballito de palo. Es un juguete universal, data del siglo XV europeo, seguramente surge como un homenaje a este noble animal y al gran servicio que le ha prestado al ser humano, y como una manifestación de las costumbres de la época. En cuanto a Venezuela no debemos olvidar que el caballo fue introducido junto con otras especies de ganado por los españoles.

El caballito de palo, consiste en un palo que termina con una cabeza de trapo diseñada artesalmente que imita la del caballo, de la cual se derivan las riendas que usa el jinete para conducir el animal. Montado sobre ese sencillo juguete, muchos niños han puesto a volar su imaginación, fantaseando ser muchos personajes importantes: caballeros de la Edad Media, grandes guerreros o héroes, excelentes llaneros,…

La muñeca de trapo. Es un juguete universal, muy usado a partir de la Edad Media. En Venezuela ha tenido vigencia a través de todas las épocas, ¿qué niña venezolana no ha tenido una muñequita de trapo?

Existe una importante industria artesanal de muñecas de trapo dispersa por todo el territorio nacional. Se elaboran en pequeños talleres o simplemente en las casas de familia.

Es difícil que una familia venezolana con hija (s), no la acompañe también una muñeca de trapo. Esto a pesar del gran auge de la industria de la muñequería, nacional y extranjera, la cual cuenta con diversos tipos y diseños. Destacan por el color de la piel, el tipo de pelo, el modelo de vestido y de zapatos. Sin embargo, la muñeca de trapo, siempre está allí, compitiendo con las demás y es la preferida de muchas niñas.

El papagayo o volador. Es un juguete de origen asiático, de allí pasó a Europa y luego fue traído a Venezuela por los españoles. El juego lo practican preferentemente los niños varones. Fue utilizado como un símbolo protector en China y Japón, y ha sido usado también para enviar señales. Benjamín Franklin lo utilizó en sus experimentos relacionados con la invención del pararrayo.

En Venezuela, la falta de espacio en las grandes ciudades lo ha relegado a las poblaciones pequeñas. Sin embargo, sigue siendo muy popular. Su elaboración amerita un trabajo laborioso: tomar medidas, escoger el material y diseñar el modelo. Pueden ser multicolor, representar figuras, sobre todo de aves, y en algunos casos se le anexa una cola que darle mayor estabilidad.

Su popularidad ha dado lugar al uso de metáforas, como: “se le enredó el volador”, para aludir a complicaciones que surgen en un hecho cualquiera.

El trompo. Desde la Edad Media, se conoce su uso en Europa. En países como Inglaterra, su uso se relacionaba con festividades religiosas cristianas, cada Parroquia tenía su trompo, que se bailaba todos los años, el martes de carnaval, cuando se llevaban a cabo desafíos interparroquiales.

Fue traído a Venezuela por los españoles, donde se convirtió en un juguete muy popular. Se baila básicamente durante las Navidades, cuando niños y jóvenes organizan grandes desafíos. Es un juguete de fabricación casera o artesanal, tiene forma torneada semi-circular y una punta metálica. Se juega enrollándole un cordel o guaral alrededor y lanzándolo al suelo haciéndolo girar sobre su propio eje.

La zaranda. Este juguete está conformado por una totuma de las más pequeñas y redondas, la cual es atravesada en forma de eje por un palito. En la parte superior del palito se enrolla un cordel o guaral que al halarlo la hace girar como un trompo. Actualmente también se fabrica industrialmente.

La perinola. Es un juguete muy popular en Venezuela, formado por dos partes: una superior o cabeza de forma cilíndrica y hueca y una inferior o estaca en la que debe encajar la primera, ambas partes están amarradas a un mismo cordel, lo juegan niños y adultos, de ambos sexos. Es fabricada de madera, plástico o con pequeños envases de hojalata, su práctica permite el desarrollo de importantes destrezas motoras, demostradas mediante la velocidad y aciertos del jugador.

El gurrufío o zumbador. Es conocido desde tiempos remotos en todos los continentes. En Venezuela, lo juegan generalmente los varones, su elaboración es muy simple, puede ser con las tapas metálicas de refrescos o con recortes de hojalata a las cuales se le abren dos agujeros en el centro a través de los cuales se pasa un cordel o guaral. El guaral se hace girar y luego se estira, haciendo que éste de enrolle y se desenrolle para que el disco de vuelta.

La competencia consiste en que el contrario debe cortar el guaral del gurrufío de su contrincante.

El yoyo. Es originario de China, aparece pintado en vasos milenarios de cerámica griegas, de lo que se deduce que China, pasó al Mediterráneo, de allí a Europa y de ésta a América.

Se fabrica de madera, actualmente se ha industrializado y se fabrico de plástico, los juegan niños y adultos de ambos sexos.

Consta de dos partes circulares unidas en el medio por una pequeña cuña cilíndrica que las mantiene separadas a una corta distancia. En la cuña se enrolla un cordel que permite al niño hacerlo subir y bajar.

Metras o pichas. Son bolitas de barro, madera, vidrio o porcelana que se hacen rodar sobre el suelo para chocarlas unas con otras utilizando los dedos de la mano. En ocasiones se sustituyen por semillas esféricas. Existen infinidad de variantes para este juego, pero los más comunes son: el choque de una metra con otra y la riña que se hace a partir de un cuadro mercado en el suelo.

JUEGOS TRADICIONALES

Las rondas. Es un juego, mayoritariamente jugado por niñas, consiste en la formación de un círculo en el que los participantes se agarran de las manos y cantan canciones típicas de esta actividad. La música y letra de las canciones puede variar según la región, en Venezuela son populares arroz con leche, la señorita y la víbora de la mar.

Carreras de sacos. Se organizan con ocasión de las fiestas patronales o religiosas de las ciudades, pueblos y caseríos. Es una carrera en la cual los participantes cubren sus piernas con unos sacos que deben sostener con sus manos. Se fija una salida y una meta. Para avanzar sólo es válido saltar, sin soltar el saco. El primero que llegue a la meta es el ganador. Lucen graciosos aquellos competidores que tienen las piernas más largas que los sacos.

El palo ensebado. Un grupo de participantes intenta trepar a un palo o poste que ha sido previamente engrasado para aumentar la dificultad de la tarea, cuyo premio se ubica en la parte superior.

El palito mantequillero. Un niño esconde un palo o varita y el resto debe buscarlo. El niño que sabe la ubicación del palito da pistas a los participantes usando la palabra caliente cuando están cerca y frío cuando están lejos.

La candelita. Cuatro niños se esconden detrás de cuatro columnas o árboles, donde están protegidos, un quinto participante se acerca a uno de ellos y pide “una candelita”, el niño en el árbol o columna dirá “por allá fumea” señalando hacia otro de los participantes. Mientras el que busca la candelita se dirige al lugar indicado, el resto se moviliza intercambiando posiciones, el que busca la candelita debe ocupar el puesto de uno de ellos en ese instante. El que se quede sin árbol será el siguiente en buscar la candelita.

LEYENDAS TRADICIONALES.

Leyenda de Juan Machete. Considerada como una de las leyendas más conocidas del llano. Cuenta la vida del hombre que quería ser el más poderoso de la región, su nombre era Juan Francisco Ortiz, amo y señor de las tierras de la Macarena.

Este señor hizo un pacto con el diablo en el cual le entregaba su mujer e hijos, a cambio de mucho dinero, ganado y tierras.

El diablo le dijo a Juan que agarrara un sapo y una gallina, a los cuales debería coserle los ojos y enterrarlos vivos un Viernes Santo a las doce de la noche, en un lugar apartado, luego debería invocarlo de alma y corazón. Juan cumplió con lo encomendado. Pasando varios días, el hombre se dio cuenta que los negocios prosperaban.

Una madrugada se levantó temprano, y al ensillar su caballo divisó un imponente toro negro, con los cuatro cascos y los dos cachos blancos. Pasó este hecho desapercibido y se fue a trabajar como de costumbre.

En la tarde regresó de la faena y observó que el toro todavía se encontraba merodeando la casa. Pensó “será de algún vecino”. Al otro día lo despertó el alboroto causado por los animales, se imaginó que la causa podía ser el toro negro. Trató de sacarlo de su territorio, pero esto no fue posible porque ningún rejo aguanto.

Cansado y preocupado con el extraño incidente se acostó, pero a las doce de la noche fue despertado por un imponente bramido.

Al llegar al potrero se dio cuenta que miles de reces pastaban de un lado a otro. Su riqueza aumentó cada vez más. Dice la leyenda que durante muchos años fue el hombre más rico de la región.

Hasta que un día misteriosamente empezó a desaparecer el ganado y a disminuir su fortuna hasta quedar en la miseria. Se dice que Juan Machete después de cumplir su pacto con el diablo, arrepentido enterró la plata que le quedaba y desapareció en las entrañas de la selva.

Cuenta la leyenda que en las tierras de la macanera deambula un hombre vomitando fuego e impidiendo que se desentierre el dinero de Juan Machete. Tomado De la Tradición y El Mito a la Literatura Llanera – Temis Perea Pedroza.

Leyenda del silbón. Es un espíritu vagabundo condenado a esa condición por matar a su padre. Cuenta la leyenda que, después de asesinar a su padre, el hombre, fue castigado con un mandador de pescuezo (típico del llano venezolano), y al tratar de huir fue mordido por un perro tureko. El castigo concluyó cuando su abuelo regó sobre sus heridas gran cantidad de ají picante.

El recuerdo y mención de lo sucedido libra a las personas de ser atacadas por este espíritu vagabundo (errante).

Los llaneros que aseguran haberlo visto, le asignan dos formas: como una sombra o como un hombre alto, flaco y con sombrero. Según ellos, ataca a los hombres parranderos y borrachos, a quienes les chupa el ombligo para tomarles el aguardiente que han ingerido. También cuentan, que el “Silbón” anda errante con un saco de huesos a cuesta, supuestamente son del padre asesinado, llega a las casas en horas nocturnas, deposita su saco en el suelo y cuenta uno a uno los huesos, y si no hay quien pueda escucharlo, es seguro que un miembro de familia que habita en esa vivienda, muere al amanecer.

Existe otra versión sobre el “Silbón”. Dice que fue un hijo que mato a su padre para comerle las “asaduras” (vísceras). Cuentan que, el muchacho fue criado toñeco (mimado), no respetaba a nadie. Un día le dijo a su padre que quería comer vísceras de venado. Su padre se fue de cacería para complacerlo, pero tardaba en regresar. En vista de esto el muchacho salió a buscarlo y al encontrarlo y ver que no traía nada, porque no había podido cazar el venado, lo mato, le saco las vísceras y se las llevo a su madre para que las cocinara. Como no se ablandaban, la madre sospechó que eran las “asaduras” de su marido, llamó al muchacho y le preguntó al respecto, quien confesó la verdad.

De inmediato lo maldijo “pa to la vida”, y su hermano Juan lo persiguió con un “mandador”, le roció una tapara de ají y le azuzó el perro “tureko” que hasta el fin del mundo lo persigue y le muerde los talones. Tomado De la Tradición y El Mito a la literatura llanera – Temis Perea Pedroza.

Leyenda de la Bola e’ Fuego o Candileja. Cuentan los viejos llaneros que hace cientos de años existía en los llanos orientales una mujer muy hermosa con un cuerpo de palma real y una larga, negra y fina cabellera que pendía hasta sus caderas, un cutis piel canela y unos liadísimos ojos grandes azules.

Esta codiciada mujer silvestre se casó con un hombre recio y faculto, conocedor de la sabana, que respondía al nombre de Esteban.

La existencia matrimonial fue relativamente corta. De esta unión alcanzaron a nacer dos hijos hombres, el primero llevó el nombre de Sigifredo y el segundo heredó el de su padre, Esteban.

Don Esteban, el amo de la casa, era un hombre parrandero, tomatrago y jembrero; músico y extraordinario coplero. Un buen día, don Esteban se alistó para ir a un San Pascual Bailón, nombre que se le da en el llano a las fiestas sabaneras, pero por razones que solo él sabía, no quiso llevar a su esposa Candelaria, situación que despertó violento disgusto en la linda mujer criolla y, tanto sería su ira, que tomó la fatal decisión de que si Esteban no la llevaba, pues él tampoco iría ni a éste ni a ningún San Pascual Bailón.

Sin pensarlo dos veces Candelaria tomó un hacha de rajar leña y en presencia de sus dos hijos mató a su esposo, obligando a sus dos retoños a ayudar para enterrarlo en la sabana.

Doña Candelaria al quedar viuda fue objeto de un ramillete de galanes llaneros que querían reemplazar al difunto, pero ninguno fue aceptado por la bella orquídea.

La viuda Candelaria se dedicó como madre a levantar a sus dos hijos, sin permitir que nadie mancillara su condición de mujer viuda.

De esta forma transcurrió su vida hasta que Sigifrido, su hijo mayor, alcanzó la edad de catorce años y se convirtió en un elegante joven de ojos azules al igual que ella; lo convirtió en su inseparable compañero y comenzó a dormir en la misma cama, hasta convertirlo en su amante.

No permitía la viuda madre que ninguna otra mujer del vecindario pusiera los ojos sobre su hijo y segundo marido, pues le asaltaba el temor que su felicidad fuera invadida por alguna chica casadera del lugar.

Así fue pasando el tiempo hasta que Esteban, segundo de sus hijos alcanzó los catorce años, era indudablemente dueño de una mejor estampa que la de su hermano mayor, joven de grandes facultades y de finos modales, todo lo anterior despertó el interés de su ya depravada madre hasta llegar a intentar realizar lo mismo que con su hermano, es decir, convertirlo en su amante.

Esteban que era un muchacho de sana moral, rechazó totalmente las pretensiones de su medre, pues él a pesar de su ignorancia, sabía y entendía muy bien que ella era su madre y como tal no podía ser su amante.

El rechazó de Esteban causó tanta decepción en la mujer, pensó, al igual que lo hubiera hecho con su marido, que si no era para ella no sería para ninguna otra mujer.

Con el pasar del tiempo la viuda Candelaria murió y al subir a rendirle cuentas al señor Supremo. Este la castigó condenándola a errar por las sabanas convertidas en bola de fuego, que pierde a los caminantes.

Otra versión dice que es el espíritu de una mujer que decapitara a su único hijo que iba a ser obispo, por lo cual fue condenada a errar por los caminos, convertida en la bola de fuego, que pierde a los caminantes.

La bola de fuego se acerca al caminante solitario, el cual debe maldecirla ya que cualquier rezo la atrae. Otra forma de evitar la persecución es llevando el cabo de soga arrastrando, como también desmontarse del caballo y tenderse boca abajo hasta que se aleje.

En cuanto a la frecuencia de su aparición se dice que la bolefuego es constante en la semana del concilio (semana antes de semana santa y que se denomina en el llano como la de buscar comida).

También aparece con frecuencia en los meses de verano, por lo que se ha considerado que es un producto de la ilusión óptica, producida tal vez por el reflejo del sol en las secas sabanas de Arauca. Tomado De la Tradición y El Mito a la Literatura Llanera – Temis Perea Pedroza.


Descripción del poema “Florentino el que cantó con el diablo”. “Florentino y El Diablo es un gran poema mítico pleno de símbolos y sugerencias, abierto a muy variadas interpretaciones. Pero por encima de todo es un poema nuestro. Nuestro por llanero. Siendo llanero auténtico cabal es nacional y aún alcanza connotaciones latinoamericanas. Humberto Febres.

La confrontación entre Florentino, el más famoso de los cantadores llaneros y El Diablo se desarrolla en varias escenas. La primera corresponde al Reto, en ella El Diablo se cruza con Florentino, caballeros ambos, en algún paraje desolado del verano llanero, y lo desafía a un contrapunteo, en lugar y oportunidad allí señalados. La segunda escena nos representa a Florentino cantando en el sitio convenido, a la espera del retador, quien no tarda en presentarse, iniciándose de inmediato el contrapunteo tramado con bandola o arpa, cuatro y maracas, al final del cual, El Diablo derrotado, algunos dicen que por la salida del sol y otros por el conjuro de los santos, desaparece. La leyenda que recorre los llanos sugiere que luego del encuentro Florentino nunca más volvió a cantar. Este poema grande, inmenso, sobrecogedor, produjo con el tiempo la que es sin duda la mayor obra musical sinfónica de Venezuela, “La Cantata Criolla” (1954) del gran maestro Antonio Estévez.

Leyenda de la Sayona o Llorona. Varias son las narraciones fantásticas que sobre el espíritu de la llorona cuentan los ancianos pobladores de las sabanas araucanas.

La llorona convertida en el espíritu vagabundo de una mujer que lleva un niño en el cuadril, hace alusión a su nombre porque vaga llorando por los caminos.

Dice la tradición que la llorona reclama de las personas ayuda para cargar al niño; al recibirlo se libra del castigo convirtiéndose en llorona la persona que lo ha recibido. Otras eversiones dicen que es el espíritu de una mujer que mató por celos a la mamá y prendió fuego a la casa con su progenitora dentro, recibiendo de ésta, en el momento de agonizar la maldición que la condenara: “Andarás sin Dios y sin santa María, persiguiendo a los hombres por los caminos del llano”.

Se dice que nunca se le ve la cara y llora de vergüenza y arrepentimiento por lo que hizo a su familia.

El espíritu de la llorona, transformado en leyenda, ha acompañado al hombre llanero desde épocas remotas y de su existencia son testigos muchos viejos don Juanes.

Otros menos creyentes consideran que es una creencia contraria a la razón, creada por los adultos con el objetivo de amedrentar o atemorizar a los vaqueros que cruzaban caminos en busca de algún romance nocturno por las sabanas.

Un pedazo de tabaco de rollo en el bolsillo evita la aparición de la llorona. Tomado De la Tradición y El Mito a la Literatura Llanera – Temis Perea Pedroza.

Las cinco Águilas Blancas. Según la tradición de los Mirripuyes (tribu de los Andes venezolanos), fue Caribay la primera mujer. Era hija del ardiente Zuhé (el Sol) y la pálida Chía (la Luna). Era considerada como el genio de los bosques aromáticos. Imitaba el canto de los pájaros y jugaba con las flores y los árboles.

Una vez Caribay vio volar por el cielo cinco águilas blancas y se enamoró de sus hermosas plumas. Fue entonces tras ellas, atravesando valles y montañas, siguiendo siempre las sombras que las aves dibujaban en el suelo. Llegó al fin a la cima de un risco desde el cual vio como las águilas se perdían en las alturas. Caribay se entristeció e invocó a Chía y al poco tiempo pudo ver otra vez a las cinco hermosas águilas. Mientras las águilas descendían a las sierras, Caribay cantaba dulcemente.

Cada una de estas aves descendió sobre un risco y se quedaron inmóviles. Caribay quería adornarse con esas plumas tan raras y espléndidas y corrió hacia ellas para arrancárselas, pero un frío glacial entumeció sus manos, las águilas estaban congeladas, convertidas en cinco masas enormes de hielo. Entonces Caribay huyó aterrorizada. Poco después la Luna se oscureció y las cinco águilas despertaron furiosas y sacudieron sus alas y la montaña toda se engalanó con su plumaje blanco.

Éste es el origen de las sierras nevadas de Mérida. Las cinco águilas blancas simbolizan los cinco elevados riscos siempre cubiertos de nieve. Las grandes y tempestuosas nevadas son el furioso despertar de las águilas, y el silbido del viento es el cano triste y dulce de Caribay.

El mito de las cuevas. En todo el territorio venezolano, los indígenas de las diferentes tribus compartían la creencia de que eran las cuevas los pasadizos hacia el más allá. Cuando alguien de la tribu moría, se hacía una especie de ceremonia a la entrada de la caverna. Si no se escuchaba ningún ruido durante el rito, se daba por entendido que el alma del difunto había pasado sin problemas al otro mundo. En cambio, si se escuchaban ruidos se suponía que el espíritu del familiar o amigo muerto estaba siendo enjuiciado y castigado por sus faltas cometidas en esta vida. Muchas veces se escuchaban esos ruidos, debido a los animales que habitan en las cuevas. Es por esto que los murciélagos y demás animales nocturnos alados eran considerados como los transportadores de las almas.

Guaraira Repano. La ciudad de Caracas está enclavada en un hermoso valle. El Ávila es el nombre con que se conoce a la montaña que bordea el Norte de la metrópoli. En tiempos precolombinos recibía el nombre de Guaraira Repano, que significa algo así como: “la ola que vino de lejos” o “la mar hecha tierra”. Según los mitos de los indígenas venezolanos, en tiempos antiguos no existía la montaña. Todo era plano, se podía ver hasta el mar. Pero un día las tribus ofendieron a la gran Diosa del mar y ésta quiso acabar con todo el pueblo. Entonces se levantó una gran ola, la más alta que se había visto y toda la gente se arrodillaron e imploraron perdón de todo corazón a la Diosa y justo cuando iba a descender la ola sobre ellos, se convirtió en la gran montaña que hoy existe. La Diosa se había apiadado y había perdonado a la tribu.

El dueño del fuego. Cerca de donde nace el Orinoco vivía el Rey de los caimanes llamado Baba. Su esposa era una rana grandota y juntos, tenían un gran secreto ignorado por los demás animales y los hombres. Estaba guardado en la garganta del caimán Baba. La pareja se metía en una cueva y amenazaban con la pérdida de la vida a quien osara entrar, pues decían que dentro había un dios que todo lo devora y sólo ellos, reyes del agua, podían pasar.

Un día la perdiz, apurada en hacer su nido, entró distraída en la cueva. Buscando pajuelas encontró hojas y orugas chamuscadas, como si el fuego del cielo hubiera estado por ahí. Probó las orugas tostadas y le supieron mejor que cuando las comía crudas. Se fue aleteando a ras del suelo para contarle todo a Tucusito, el colibrí de plumas rojas. Al rato llegó el Pájaro Bobo y entre los tres urdieron un plan para averiguar cómo hacían la rana y el caimán para cocer tan ricas orugas. Bobo se escondió dentro de la caverna aprovechando su oscuro plumaje. La rana soltó las orugas que traía en la boca al tiempo que Baba abría la suya, que era tremenda, dejando salir unas lenguas rojas y brillantes. La pareja comía las orugas sin percatarse de Bobo, tras lo cual, se durmieron satisfechos. Entonces, Bobo salió corriendo para contarles a sus amigos lo que había visto.

Dueño de la luz. En un principio, la gente vivía en la oscuridad y sólo se alumbraba con la candela de los maderos. No existía el día ni la noche. Había un hombre warao con sus dos hijas que se enteró de la existencia de un joven dueño de la luz. Así, llamó a su hija mayor y le ordenó ir hasta donde estaba el dueño de la luz para que se la trajera. Ella tomó su mapire y partió. Pero eran muchos los caminos y el que eligió la llevó a la casa del venado. Lo conoció y se entretuvo jugando con él. Cuando regresó a casa de su padre, no traía la luz; entonces el padre resolvió enviar a la hija menor.

La muchacha tomó el buen camino y tras mucho caminar llegó a la casa del dueño de la luz. Le dijo al joven que ella venía a conocerlo, a estar con él y a obtener la luz para su padre. El dueño de la luz le contestó que le esperaba y ahora que había llegado, vivirían juntos. Con mucho cuidado abrió su torotoro y la luz iluminó sus brazos y sus dientes blancos y el pelo y los ojos negros de la muchacha. Así, ella descubrió la luz y su dueño, después de mostrársela, la guardó.

Todos los días el dueño de la luz la sacaba de su caja para jugar con la muchacha. Pero ella recordó que debía llevarle la luz a su padre y entonces su amigo se la regaló. Le llevó el torotoro al padre, quien lo guindó en uno de los troncos del palafito. Los brillantes rayos iluminaron las aguas, las plantas y el paisaje.

Cuando se supo entre los pueblos del delta del Orinoco que una familia tenía la luz, los warao comenzaron a venir en sus curiaras a conocerla. Tantas y tantas curiaras con más y más gente llegaron, que el palafito ya no podía soportar el peso de tanta gente maravillada con la luz; nadie se marchaba porque la vida era más agradable en la claridad. Y fue que el padre no pudo soportar tanta gente dentro y fuera de su casa que de un fuerte manotazo rompió la caja y la lanzó al cielo. El cuerpo de la luz voló hacia el Este y el torotoro hacia el Oeste. De la luz se hizo el sol y de la caja que la guardaba surgió la luna. De un lado quedó el sol y del otro la luna, pero marchaban muy rápido porque todavía llevaban el impulso que los había lanzado al cielo, los días y las noches eran muy cortos. Entonces el padre le pidió a su hija menor un morrocoy pequeño y cuando el sol estuvo sobre su cabeza se lo lanzó diciéndole que era un regalo y que lo esperara. Desde ese momento, el sol se puso a esperar al morrocoy. Así, al amanecer, el sol iba poco a poco, al mismo paso del morrocoy.

LAS ÁNIMAS BENDITAS O MILAGROSAS

Las ánimas milagrosas. Existe una costumbre bastante generalizada a todo lo largo y ancho de la geografía venezolana, y la cual se relaciona con las almas de determinados personajes a quienes la creencia popular consagra sentida veneración, producida por el poder que ellas poseen, o bien por aquel que Dios les ha dado para convenirse en mediadoras ante él y, traer paz y felicidad a este valle de lágrimas.

Se puede decir con toda seguridad que no hay ciudad, pueblo, vecindario, etc., que no tenga su “ánima” intercesora; así como carretera, camino o trocha que también no la posea. Existen además almas que velan a la orilla de los ríos, lagos, lagunas, las cuales son adoradas por los que utilizan sus aguas en el diario discurrir; otras que, ausentes de los lugares concurridos por el hombre, habitan los más variados parajes; como selvas, palmares, morichales, etc.

He aquí algunas de estas almas, que por su buena intercesión, han pasado a formar parte de las tradiciones y leyendas venezolanas:

El ánima del Taguapire. Se llamaba Pancha Duarte la mujer que desde el hato de Barrialito, de Don Simón Ron, traían en hamaca muy enferma para Santa María de Ipire; una cobija con el lado colorado hacia arriba habla cubierto a la enferma, más los cargadores se dieron cuenta que había muerto, y se detuvieron para voltear la pieza y con ello pasar al color negro, símbolo de que quien está debajo ya ha entregado su alma al Creador; terminada la faena y vueltos los hombres a la tarea de conducirla al poblado antes dicho, la muerta se puso pesada y los cargadores no pudieron levantarla, así pues, optaron por enterrarla al pie de un árbol de Taguapire, situado a la vera del camino. Desde entonces el alma de Pancha Duarte ha sido compañera de caminantes, y muchos son los hombres que le han pedido prestado para jugar al “paro”, devolviéndole con creces el dinero tomado en préstamo más, también han existido aquellos vivarachos que se han ido con “la cabuya en la pata”, y no han cumplido el ofrecimiento de cancelar lo pedido en préstamo; sobre éstos personajes ejerce el alma de la difunta una persecución constante, y han sucedido casos en que Pancha, tomando figura de mujer, va a reclamarle a sus deudores el cumplimiento de su promesa, y para colmo se desvanece en presencia de éstos, a quienes no les queda otro recurso que ir a pagar lo que han tomado en préstamo.

El alma del Pica-Pica. Otro caso bastante original es el de esta ánima, cuya capilla está situada poco antes de llegar a la población de Chaguaramas, Estado Guárico. Para los millares de traficantes de esta vía, el alma de Picapica es algo fuera de lo común, pues ella es guía y compañera de muchos conductores que le rinden verdadera devoción. Al principio existían vecinos que desinteresadamente vendían a precios corrientes las velas para alumbrarla, pero en nuestros días han sentado sus reales en esos parajes otras personas que han construido alrededor grandes edificios destinados al comercio.

El ánima de Juan López. Conocida más bien por “El Anima del Muerto de la Puerta de Jobo Gacho” es una de las más recientes ánimas milagrosas, y su fama es tal que se ha extendido ya a alejados lugares de nuestra patria. A ella ocurren quienes han perdido cualquier clase de ganados. El lugar en donde se encuentra su pequeña capilla esta situado entre El Socorro y el Hato Corral Viejo. Estado Guárico.

El ánima Sola. Esta leyenda tiene su asiento en varios lugares de nuestra Venezuela. En Calabozo tiene su ubicación en un chaparral cercano a la Laguna de El Vicario. Parece ser que esta ánima fue la de una mujer de aquellas que acompañaban al Ejército Libertador Simón Bolívar por los caminos ensangrentados de la guerra. Durante el combate de Los Patos, el hospital de curas lo situaron al pie de un chaparro gacho; ahí estaba la desdichada curando cuando recibió una descarga enemiga. Desde entonces han ido cayendo piedras en el sitio de su muerte, donde también fue enterrada llamado también “El Montón de Piedras. El Anima Sola goza de muy raras peculiaridades, entre ellas la de servir de compañera a los “campos volantes”.

El ánima del Samán Llorón. En la acogedora tierra llanera de San Fernando de Apure existe esta ánima cuya notoriedad data de largo tiempo, Para unos fue un soldado del General José Antonio Páez que murió peleando en el lugar; para otros perteneció a las montoneras que en esta población combatieron contra “el ejército de línea del gobierno”, y las cuales estuvieron comandadas por Ubaldino Arriaga Perdomo, Pedro Fuentes, al que apodaban “Quijá de Plata”, aquél valiente general de nombre Marcial Azuaje, apodado “cuello de Pana” y por el no menos célebre “Piquijuye”, este soldado murió en ese lugar y dicen que estuvo enredado en los hilos de una empalizada varios días: “… y ni los zamuros lo tocaron”. De ahí viene su santidad y el entrar a formar parte de las ánimas intercesoras.

El ánima de la Yaguara. Su nombre fue Maximiliano González, este hombre tenia como oficio el transporte del correo, siendo esa época de mucha guerra, el ejército lo uniformo y lo ingreso a la tropa, pero al poco tiempo se enfermo de disentería y tuvo que desertar. En su huida llego a la casa de una señora de nombre carolina; allí se quedó a pasar la noche y no amaneció, a los tres días fue encontrado debajo de un árbol debido al asecho de las aves de rapiña, pero estaba disecado y sin que estas lo hubieran tocado. En ese mismo lugar fue enterrado debido a las consecuencias de la guerra, pasado el tiempo, fue muy milagroso; hubo un tiempo de mucha peste y se moría el ganado. Había un hacendado que le hizo una invocación para que no se le muriera su ganado prometió hacerle una capilla en donde enterraría sus restos después de haberlos sacados del sitio donde fuera enterrado primeramente, el hacendado vio salvo su ganado y la promesa fue cumplida. Su altar esta ubicado en la zona de la yaguara en la vía que conduce desde la ciudad de valencia (Venezuela) a campo de Carabobo.

Prof. José N. Vargas Ponce

Correo: jose.vargasponce@hotmail.com

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