LAS CONVULSIONES DEL GENERAL JOSÉ ANTONIO PÁEZ

 

“Al principio de todo combate, escribe Páez en su Autobiografía, cuando sonaban los primeros tiros, apoderábase de mí una intensa excitación nerviosa, que me impelía a lanzarme contra el enemigo para recibir los primeros golpes; lo que habría hecho siempre si mis compañeros, con grandes esfuerzos, no me hubiesen retenido”. Un escritor inglés de los que militaron en la pampa venezolana, dice: “El General Páez padece de ataques epilépticos cuando se excita su sistema nervioso, y entonces sus soldados le sujetan durante el combate o inmediatamente después de él”.

“Es un hecho reconocido por las generaciones que se han sucedido desde la guerra de independencia de Venezuela, que Páez sufría, con más o menos frecuencia, de ataques nerviosos de forma epiléptica, en una que otra ocasión, al comienzo o fin de los choques terribles que contra las caballerías de López, de Morales, de La Torre y de Morillo, libró en la pampa venezolana. Así, al entrar en acción en Chire y el Yagual, en la persecución del enemigo en los campos de Gamarra y Ortiz, y últimamente en Carabobo, después de espléndido triunfo, Páez fue por instantes víctima de esas horribles convulsiones que le privaban del uso de la razón, pero que al cesar, hacían aparecer al guerrero con tales bríos y con tal coraje sobre las fuerzas enemigas, que la presencia de aquel hombre portentoso era siempre indicio de la victoria. Afortunadamente para Páez y para Venezuela, aquél no llegó a ser presa de tan terrible mal en esos grandes hechos de armas que conoce la historia con los nombres de Mata de la Miel, Queseras del Medio, Cojedes, etc. etc.,… ¿Qué causa producía tan triste dolencia en un hombre de fuerzas hercúleas, de espíritu inteligente y sagaz, de voluntad inquebrantable, dominado por el solo sentimiento de la patria, que le hacía sufrido, constante, invencible? Refieren las crónicas de familia, que Páez, en sus tiernos años, fue mordido, primero, por un perro hidrófobo, y meses más tarde, por una serpiente venenosa, sin que nadie hubiera podido sospechar que en un mozo acostumbrado al ejercicio corporal, hubieran quedado manifestaciones ocultas, a consecuencia de las heridas que recibiera, y que los años corrieran sin que ningún síntoma se presentara en la constitución sana y robusta del joven llanero, hasta que fue presa de cruel idiosincrasia que le acompañó hasta el fi n de la vida. Consistía ésta en el espanto y horror que le causaba la vista de una culebra, ante la cual tenía que huir o ser víctima de prolongada convulsión. A este hecho se agregaba una manía: la falsa idea de creer que la carne de pescado, al ingerirla en el estómago, se convertía en carne de culebra. Había por lo tanto en la constitución del mancebo, una perversión nerviosa de variados accidentes, la cual acompañó al guerrero hasta su avanzada edad, no obstante haber hecho esfuerzos de todo género por librarse de tan cruel dolencia”.

“…Veremos en el curso de esta leyenda que las convulsiones de Páez obedecían en muchas ocasiones a la excitación del guerrero, al sentimiento patrio; y eran engendradas en otras por agentes misteriosos del organismo, o cierta idiosincrasia que acompaña a muchos hombres, sin que la ciencia haya podido hasta hoy llegar a explicarla”.

“En el choque de Chire (1815) Páez había recibido la orden de embestir a las tropas de Calzada, pero al comenzar la pelea, entra repentinamente en convulsiones. La causa inmediata de ese percance fue la siguiente: estaba Páez listo, cuando se le ocurre enviar uno de sus ayudantes a retaguardia de su cuerpo, con cierta orden. Al regreso del ayudante, que fue rápido, tropieza éste en la sabana con enorme culebra cazadora, a la cual pincha por la cabeza. Al instante el animal se enrosca en el asta de la lanza y la abraza por completo. Quiere el jinete deshacerse del animal, más como no puede, con él llega a la vanguardia, en los momentos en que iba a librarse el célebre hecho de armas que se conoce con el nombre de Chire. El ayudante da a Páez cuenta de su cometido y agrega: “Aquí está, mi Jefe, el primer enemigo aprisionado en el campo de batalla” señalándole la culebra que contorneaba el asta. Páez torna la mirada hacia el arma del jinete y al instante es víctima del mal. Por el momento, el Jefe no puede continuar, pero ayudado de sus soldados que le echan agua sobre el rostro, se repone, y al escuchar la primera descarga monta a caballo. En derrota venían los suyos cuando a la voz de “frente y carguen”, los jinetes tornan grupas, recomienzan la pelea y triunfan”…

“…En aquellos días, a la margen derecha del Apure, Páez, ve a su valiente Peña en inminente peligro, en la opuesta orilla, en los momentos en que cumplía con la orden que le había dado. Quiere atravesar el río y salvar a su compañero: pide un caballo, pero no había ninguno, porque las madrinas pastaban a distancia. Consíguese a duras penas una yegua que le traen y en ella se arroja al río, armado de lanza. Como la yegua tenía larga rienda, de esto se aprovechan los llaneros para no abandonar a su Jefe, pronto a entrar en convulsión. Al comenzar a nadar, Páez se despeja, las convulsiones no se presentan, y los llaneros, que habían alargado la soga hasta el remate de ésta, fueron lentamente recogiéndola hasta lograr que el animal tornara a la orilla de donde había salido. El estado de excitación había cesado bajo el influjo del agua. Cuando llega el momento de la célebre acción del Yagual (1816), en la cual figura Páez como jefe supremo, el general Urdaneta estaba a su lado en el momento de comenzar la batalla, cuando Páez es víctima de fuertes convulsiones. No había más agua sino la que contenía un barril pequeño, la cual estaba destinada para enfriar el único cañoncito que tenían los patriotas. Al saber Urdaneta por los compañeros de Páez que el ataque desaparecía con el uso del agua, solicita envase para tomarla, y como no encontrara, se vale de su tricornio, con el cual comienza a bañar la cabeza del guerrero. Pocos instantes después estaba Páez a caballo, animado del fuego sagrado de la patria y saludado como vencedor en el glorioso campo de batalla”.

“Aquella exageración nerviosa parecía servir de estímulo a la fuerza física, de aliento al espíritu que triunfaba de las más difíciles situaciones”.

“Cuando en la batalla de Ortiz, en 1818, casi toda la infantería a las órdenes de Bolívar es destruida por los españoles, pudo salvarse el resto, por la intrepidez de Páez, que cubría la retirada. Después de repetidas cargas de caballería, Páez, al sentirse mal, se desmonta y se recuesta de un árbol. El coronel inglés English, que por allí pasaba, al ver a Páez su convulsión y con la boca llena de espuma, se acerca al enfermo, aunque los oficiales le decían que dejase sólo al general. “Ninguno de nosotros se atreve a tocarlo cuando él es víctima de este mal que dura poco tiempo”, agregaron los centauros. A pesar de esta observación respetuosa, el coronel inglés se acerca a Páez, le lava con agua el rostro y aun le hace tragar algunas gotas. Páez recupera el sentido, reconoce al coronel English, le extiende la mano y le da las gracias más cordiales. “Me hallaba tan cansado por las fatigas de la batalla, le dice, y ya había dado muerte a treinta y nueve de los enemigos, cuando al traspasar con mi lanza uno más, me sentí indispuesto”.

“A su lado, dice el historiador inglés, estaba la lanza ensangrentada, la cual tomó Páez y la presentó al coronel English, como un testimonio de la amistad que le profesaba. Páez monta al instante a caballo, se pone al frente de su legión de centauros y cuando llega el momento en que el legionario británico se despide, le obsequia con tres bellos y hermosos caballos”

“En la derrota del trapiche de Gamarra, en 1819, donde los batallones de Bolívar fueron destruidos, Páez obró prodigios con su caballería, a pesar de lo accidentado del terreno; prodigios, según confesión de los historiadores españoles. En uno de los choques, le ataca la convulsión y sus compañeros tienen que sacarlo del campo. Días de contrariedad le proporcionó esta derrota; más ella fue el origen de las Queseras del Medio”.

“¡Mi lanza! ¿Dónde está mi lanza? ¡Venga mi caballo!” tales eran las primeras palabras de Páez, después de pasar uno de los violentos ataques convulsivos; es decir, cuando recuperaba el uso de la razón. Estas mismas frases las repetía el general, cuando a poco de haberse roto una pierna en Nueva York, en 1858, fue acometido de convulsiones: “¿Dónde está mi caballo? Mi lanza ¿dónde está?”–preguntaba”.

“Últimamente, Páez es acometido de su mal crónico después del brillante triunfo de Carabobo. El vencedor continuaba la persecución, cuando es presa del mal, y se hace recostar al pie de un hermoso cañafístolo, en la sabana de Carabobo. Al restablecerse, al abrir los ojos, se encuentra con Bolívar que viene a abrazarle a nombre de Colombia y a ofrecerle el mayor grado de la milicia”.

“Ni el tiempo, ni los viajes, ni los esfuerzos de la voluntad más firme, lograron extinguir en Páez, el mal convulsivo que se apoderó de su organismo desde los días de su fogosa juventud. Durante su permanencia en Nueva York, por repetidas instancias de una familia compatriota, se aventuró a gustar de ensalada de pescado, en dos ocasiones, y en ambas fue víctima de horrible malestar, al cual sucedieron violentas convulsiones. La manía que le dominó en la infancia, no le abandonó en la vejez”.

“Superior a estos incidentes es la escena que, años más tarde, tuvo Páez, ya a los ochenta años de edad, por haber asistido a la exhibición de enormes boas con el museo de Barnum. Uno de sus amigos, creyendo obsequiar al General, le invitó en cierta tarde a que le acompañara al museo, donde iba a sorprenderlo con algo interesante. Páez, al ver los animales, se siente indispuesto y se retira; llega a su casa, ya a hora de comer, se sienta a la mesa, cuando al acto pide que le conduzcan a su dormitorio. Como nunca, se presentan las convulsiones, y de una manera tan alarmante, que el doctor Beales, célebre médico de Nueva York, amigo de Páez, es llamado al instante”.

“Sin perder el uso de la razón, Páez aseguraba que muchas serpientes le estrangulaban el cuello. A poco siente que bajan y le comprimen los pulmones y el corazón y en seguida la región abdominal. Y a medida que la imaginación creía sentir los animales en su descenso de la cabeza hasta los pies, las convulsiones se sucedían sin interrupción. El doctor Beales quedó mudo ante aquella escena y no podía comprender cómo una monomanía podía desarrollar en el sistema nervioso, tal intensidad de síntomas. Páez que había revelado los diversos síntomas que experimentaba, a proporción que los animales imaginarios pasaban de una a otra región, pedía a gritos que le salvaran en tan horrible trance. El doctor habla y hace varias preguntas al paciente y éste le responde con lucidez. General –le dice el doctor–, ¿me conoce usted? ¿Quién soy? Sí: usted es el doctor Beales, uno de mis buenos amigos. Pues bien, como tal, le aseguro a usted que no hay ninguna culebra en su cuerpo. No había acabado de pronunciar la última palabra cuando las convulsiones toman creces, llenando de espanto a los espectadores. El médico se había olvidado de que en casos semejantes, cuando un paciente es

Víctima de una monomanía, lo más certero es obrar sin contrariar la idea dominante y aun apoyarla si es necesario, para poder obtener mejor éxito sobre la imaginación exaltada. A poco todo desapareció, y Páez continuó en perfecta salud. Si esta idiosincrasia de Páez hubiera sido conocida de los españoles, por de contado que lo hubieran vencido arrojando sobre él vasijas repletas de culebras, como en la antigüedad griega lo había hecho Aníbal (el almirante) contra las embarcaciones de sus contrarios”.

“¡Cuán variadas aparecen las idiosincrasias en los personajes históricos de todos los tiempos! Hace más de cuarenta años que en cierta noche, en el pueblo de Maracay, estaban reunidos tres veteranos de la Independencia: eran Páez, Soublette y Piñango, que departían amigablemente en un dormitorio de la casa del primero. Después de haber departido sobre varios temas y tras un momento de silencio, Soublette se incorpora en la hamaca en que estaba acostado y dice, dirigiéndose a Páez: Mi General, ¿hay algo que le haya infundido a usted en la vida miedo, temor o espanto, sí, contesta Páez, poniéndose en pie. Hay algo que me produce, no sólo miedo, sino que me aterroriza del tal modo, que tengo que ser víctima: es la vista y presencia de una culebra”.

“Entonces pregunta Piñango a Soublette. Y usted general, ¿qué es lo que más teme? Yo no temo a la culebra, dijo Soublette, pero sí al toro. Cuando militaba en los llanos, me llenaba de terror al pasar delante de estos animales, sobre todo si fijaban en mí las miradas. A mí, dijo Piñango, cuando los compañeros a un tiempo le hicieron la misma pregunta, a mí no me asusta la presencia de la culebra, aunque esté armada, ni me preocupan las astas del toro. Yo no temo sino a las seguidillas del poeta Arvelo. Y en efecto, el poeta lo había vapulado en aquellos días, 1846 a 1847. He aquí una de tantas idiosincrasias de los hombres preclaros. ¿Quién en este mundo está libre de estas imposiciones del organismo? Que la ciencia llame estos variados fenómenos histerismo, sonambulismo, excitación nerviosa, etc., poco importa; si en unos es el miedo que domina, en otros el exceso de valor; en éstos la monomanía, en aquéllos la contrariedad; en unos la plétora, en otros la anemia. Si en Páez obraba el miedo a la presencia de una culebra u otro animal, puede asegurarse que en la pelea él obedecía al sentimiento generoso de la patria libre, a la ambición de vencer a sus contrarios, al ímpetu guerrero, al éxito feliz de sus inspiraciones, al valor sublimado, a la gloria, de quien podía llamarse hijo predilecto. Fuente: Orígenes venezolanos (historia, tradiciones, crónicas y leyendas). Arístides Rojas

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